Cabeza fría
Lo que me pasó el otro día en la empresa no significa absolutamente nada ahora. Bien dicen que todo depende del cristal con que se ve. Ahora, en cambio, estoy sumamente agradecida de que haya sucedido. Todo eso me ha abierto los ojos ante muchas otras cosas en torno a mi vida. De todos modos me sigue sorprendiendo la manera en que reaccioné. Lloré y lloré. Me sentí traicionada. Hablaba de una puñalada por la espalda. Peanuts! Cabe también decir que ahora minimizo todo eso porque me he dado cuenta de que el cambio este fue, tal como lo preveía, de forma más que de fondo. Hablando con amigos que trabajan aquí en Alemania he llegado a la conclusión de que es muy normal en empresas jóvenes como la mía que reacomoden el organigrama frecuentemente. Este cambio de posición es parte de eso. Yo sigo trabajando en lo mismo. Mi jefe en teoría es ahora mi colega, pero en la práctica sigue siendo mi jefe de siempre (ese que yo decía me había traicionado y blabla).
Hay que ver también que en ocasiones Dios le pone a uno personas en los momentos más precisos de la vida. El miércoles, dos días antes de enterarme del cambio aquel, salí con él. Estábamos hablando de nuestras empresas. Fue entonces que me contó que en su empresa hace aproximadamente un año habían contratado a un chico más joven que él y sin experiencia en el área para que fuera su jefe. ¡! A él logicamente eso le molestó muchísimo, razón por la cual fue a hablar con su jefe para expresarle su desacuerdo (hizo lo mismo que yo pero de la manera correcta; no se puso a gritar ni a llorar). A diferencia de mi cambio simbólico de posición, a él sí le encajaron descaradamente a un fulano encima como jefe. Su anterior jefe le dijo que no podía hacer nada al respecto porque era un cambio que venía desde arriba. Ante eso él dijo “ich werde dann die Konsequenzen ziehen!” frasecita ya famosa porque fue la que me dijo mi jefe a mí, cuando en verdad debió haber venido de mi boca. Es algo así como “voy a tomar medidas al respecto!” o quiérase “voy a largarme de aquí!” (eso todavía me deja pensando porque si mi jefe me quiso decir en serio que yo debía tomar medidas al respecto, trató de decir que si no me gusta esto, la puerta está abierta). No alargo más el cuento. A su jefe le preocupó mucho que él estuviera pensando en irse, así que le ofreció una posición más atractiva pero en otra ciudad. Es ahí donde está desde hace un año, muy contento por cierto.
Ese viernes estaba yo destrozada y en la primera persona en que pensé fue en él. Recordé que había pasado por una situación similar. Le escribí contándole escuetamente lo que me había pasado. Al leer mi email se dio cuenta enseguida de que estaba yo muy mal. Por eso me llamó por teléfono. Le conté todos los detalles de mi problema y de otros encuentros que había tenido no sólo con mi jefe si no con otros colegas. Recién después de hablar con él me di cuenta de que todo este arroz con mango es mi culpa. Yo soy el problema. Lo que pasó no es más que una consecuencia de mis actos. En un principio traté de ponerme como víctima. Mira lo que me han hecho! Me han traicionado! Horror! Ahhhh! No es traición. Mi jefe pudo haber cometido un error en no decírmelo, pero para qué me va a decir algo así si enseguida me pongo como una histérica! Fue él quien me hizo abrir los ojos y darme cuenta de que le he perdido todo el respeto a mi jefe. Entonces, me pregunto yo, cómo me va a respetar mi jefe a mí si yo no lo respeto? Está bien que yo no me quiera dejar ver la cara de nadie, pero no puedo reaccionar como una histérica con mi jefe! Tengo que saber respetar las jerarquías! Eso que yo hago hace peligrar mi puesto. Él me dijo “imagínate que tú eres jefe y te toca lidiar con una Micaela como empleada tuya, que te hace frente tal como tú lo haces ahora con tu jefe!”. He tenido suerte de que no haya escalado a mayores y mi jefe me haya soportado hasta ahora con todos mis desplantes. Se ve que me estima. Como digo, soy yo el problema y tengo que aprender que se necesita un mínimo de profesionalismo para salir adelante. Hay que saber medirse. Hay que actuar siempre con diplomacia. Al menos procurarlo.
Si no hubiera sido por lo que pasó el viernes aquel y por él, quien con sus argumentos supo hacerme caer en cuenta de que estaba actuando de manera incorrecta, yo siguiera obrando como siempre, con mi falta de profesionalismo y con mi bocota teniendo siempre una respuesta para todo. No sabría que estaba cometiendo un error todo este tiempo.
Estoy muy agradecida de que Dios lo haya puesto en mi camino justo en este momento.
Hay que ver también que en ocasiones Dios le pone a uno personas en los momentos más precisos de la vida. El miércoles, dos días antes de enterarme del cambio aquel, salí con él. Estábamos hablando de nuestras empresas. Fue entonces que me contó que en su empresa hace aproximadamente un año habían contratado a un chico más joven que él y sin experiencia en el área para que fuera su jefe. ¡! A él logicamente eso le molestó muchísimo, razón por la cual fue a hablar con su jefe para expresarle su desacuerdo (hizo lo mismo que yo pero de la manera correcta; no se puso a gritar ni a llorar). A diferencia de mi cambio simbólico de posición, a él sí le encajaron descaradamente a un fulano encima como jefe. Su anterior jefe le dijo que no podía hacer nada al respecto porque era un cambio que venía desde arriba. Ante eso él dijo “ich werde dann die Konsequenzen ziehen!” frasecita ya famosa porque fue la que me dijo mi jefe a mí, cuando en verdad debió haber venido de mi boca. Es algo así como “voy a tomar medidas al respecto!” o quiérase “voy a largarme de aquí!” (eso todavía me deja pensando porque si mi jefe me quiso decir en serio que yo debía tomar medidas al respecto, trató de decir que si no me gusta esto, la puerta está abierta). No alargo más el cuento. A su jefe le preocupó mucho que él estuviera pensando en irse, así que le ofreció una posición más atractiva pero en otra ciudad. Es ahí donde está desde hace un año, muy contento por cierto.
Ese viernes estaba yo destrozada y en la primera persona en que pensé fue en él. Recordé que había pasado por una situación similar. Le escribí contándole escuetamente lo que me había pasado. Al leer mi email se dio cuenta enseguida de que estaba yo muy mal. Por eso me llamó por teléfono. Le conté todos los detalles de mi problema y de otros encuentros que había tenido no sólo con mi jefe si no con otros colegas. Recién después de hablar con él me di cuenta de que todo este arroz con mango es mi culpa. Yo soy el problema. Lo que pasó no es más que una consecuencia de mis actos. En un principio traté de ponerme como víctima. Mira lo que me han hecho! Me han traicionado! Horror! Ahhhh! No es traición. Mi jefe pudo haber cometido un error en no decírmelo, pero para qué me va a decir algo así si enseguida me pongo como una histérica! Fue él quien me hizo abrir los ojos y darme cuenta de que le he perdido todo el respeto a mi jefe. Entonces, me pregunto yo, cómo me va a respetar mi jefe a mí si yo no lo respeto? Está bien que yo no me quiera dejar ver la cara de nadie, pero no puedo reaccionar como una histérica con mi jefe! Tengo que saber respetar las jerarquías! Eso que yo hago hace peligrar mi puesto. Él me dijo “imagínate que tú eres jefe y te toca lidiar con una Micaela como empleada tuya, que te hace frente tal como tú lo haces ahora con tu jefe!”. He tenido suerte de que no haya escalado a mayores y mi jefe me haya soportado hasta ahora con todos mis desplantes. Se ve que me estima. Como digo, soy yo el problema y tengo que aprender que se necesita un mínimo de profesionalismo para salir adelante. Hay que saber medirse. Hay que actuar siempre con diplomacia. Al menos procurarlo.
Si no hubiera sido por lo que pasó el viernes aquel y por él, quien con sus argumentos supo hacerme caer en cuenta de que estaba actuando de manera incorrecta, yo siguiera obrando como siempre, con mi falta de profesionalismo y con mi bocota teniendo siempre una respuesta para todo. No sabría que estaba cometiendo un error todo este tiempo.
Estoy muy agradecida de que Dios lo haya puesto en mi camino justo en este momento.

Comentarios