Margot Käßmann
Esa es una de las cosas que más me gusta de Hamburgo. Es una ciudad que no es predominantemente católica. Todo lo contrario. Nunca, léase bien, nunca me sentí identificada con la iglesia católica. No soy bautizada y eso era razón suficiente para que algunos compaňeritos en la escuela o en el colegio me vieran como bicho raro. Por suerte crecí en un ambiente bastante tolerante en el cual el no ser católica no fue razón de discriminación. Sin embargo debo confesar que hubo una época en la cual me arrepentí de no haberme bautizado por la iglesia católica. Mi abuelita por parte de madre vivió los últimos aňos de su vida en nuestra casa. Ella era fervientemente católica y el hecho de que nosotras no fuéramos siquiera bautizadas la inquietaba enormemente. Gracias a sus esfuerzos dos de mis hermanas menores fueron bautizadas. Después de que ella murió recordaba con dolor las discusiones que teníamos por esta razón. En esa época fui tontamente rebelde y me negaba a ceder ante la autoridad de la iglesia católica, sobre todo porque no me identificaba con ella. Pero al ya no estar mi abuelita entre nosotros reconocí lo feliz que la hubiera hecho si hubiera cedido ante su petición. El hecho de no poder darle ese gusto nunca más me remordía muchísimo.
Volviendo a Alemania, no se puede decir que la mayoría de la población alemana tenga una confesión específica. Se dice que aprox. un 30% tiene confesión católica romana y otro 30% evangélica. Debido a la secularización aprox. un 34,1% de la población no pertenece a ninguna religión.
En este país la confesión varía de acuerdo a la región. Aquí en Hamburgo la mayoría es evangélica. Eso se percibe de inmediato ya que la mayoría de las iglesias aquí son evangélicas. Colonia, por ejemplo, es mayormente católica. En los estados federados del sur como Baviera y Baden-Württemberg predominan los católicos. En el este, anteriormente comunista, la mayoría no tiene religión.
El término evangélico al que me refiero tiene un significado diferente al que nosotros conocemos en Ecuador. Allí se conoce bajo este nombre a las iglesias pentecostales y evangélicas libres (aquí en Hamburgo también hay algunas de ellas).
La iglesia evangélica alemana tiene su origen a partir de la Reforma en el siglo XVI de la que Martín Lutero fue precursor. También se la conoce como protestante.
El motivo por el que comencé este post es Margot Käßmann, hasta hace poco presidenta de la EKD, evangelische Kirche Deutschlands (iglesia evangélica alemana). Aunque conocía muy poco sobre ella me simpatizó inmediatamente por dos razones específicas: 1) Mujer. Sí, es cierto. Me agradaba mucho la idea de que una mujer estuviera al frente de una institución tan importante como la EKD. Cabe resaltar en este punto el pequeňo detalle de que a diferencia de la iglesia católica en la evangélica sí está permitida la ordenación de mujeres. 2) Divorciada. ¿A quién vamos a mentirle? El divorcio es parte de la sociedad aunque nos duela. A veces las relaciones no funcionan por más que ambas partes den todo de sí. No es que esté contenta porque Käßmann sea una mujer divorciada. Lo que pasa es que me llamó mucho la atención que no la privaran del cargo por ese hecho. En ciertos círculos conservadores eso no habría sido posible.
A mi manera de ver una “mortal” estaba al frente de la iglesia evangélica alemana.
Fue tan solo 3 meses después de asumir su cargo como presidenta de la EKD que tuvo que enfrentarse a una situación bastante complicada. El sábado 20 de febrero mientras conducía su auto de regreso a casa después de una reunión, la policía la detuvo tras pasarse una luz roja. La llevaron a la comisaría para hacerle el test de alcoholemia. Llevaba 1,4 por mil de alcohol en la sangre, cuando el mínimo permitido es 0,6. ¡Qué horror! ¿Qué le habrá pasado por el mate en ese momento a Käßmann? ¿Cómo pudo ser capaz de hacer algo así? Aún a sabiendas de lo irresponsable de su acto, yo rogaba en silencio que no renunciara a su cargo. Pero dado que se trata de un cargo tan importante que representa autoridad moral, estaba visto que lo más aconsejable sería que renunciara. Y así lo hizo. El miércoles siguiente presentó su renuncia oficial. En un comienzo lo lamenté pero después entendí que era lo mejor. Algunos sectores de la prensa incluso aplauden su actitud porque demuestra mucha entereza. En el semanario Der Spiegel sacaron un artículo poniéndola de ejemplo en comparación con otros políticos que habiendo cometido errores mucho más graves no renunciaron a su cargo en su momento: Bill Clinton tras su affair con Monica Lewinsky, Richard Nixon tras un escándalo en 1952 mientras era candidato a la vicepresidencia (se le acusaba de aceptar dubiosas donaciones de campaňa); Dieter Althaus, ministro presidente de Thüringen (este fue el culpable del choque que sufrió el 1 de enero del 2009 contra una mujer mientras ambos esquiaban en una pista en Riesneralm, Austria, que ocasionó que muriera la mujer). Ninguno de ellos renunció a su cargo. Nixon lo hizo muchos aňos después mientras era presidente, pero por otras razones (por el caso Watergate).
En casos como este vale recordar las palabras del filósofo danés Sören Kierkegaard: el hombre puede evadir su responsabilidad ante Dios mintiendo. Puede evadir la justicia escapando o engaňando. Pero de su propia conciencia no podrá huir nunca.
Enhorabuena por Käßmann que tuvo suficiente sangre en la cara para admitir su error y asumir la responsabilidad de sus actos.
Volviendo a Alemania, no se puede decir que la mayoría de la población alemana tenga una confesión específica. Se dice que aprox. un 30% tiene confesión católica romana y otro 30% evangélica. Debido a la secularización aprox. un 34,1% de la población no pertenece a ninguna religión.
En este país la confesión varía de acuerdo a la región. Aquí en Hamburgo la mayoría es evangélica. Eso se percibe de inmediato ya que la mayoría de las iglesias aquí son evangélicas. Colonia, por ejemplo, es mayormente católica. En los estados federados del sur como Baviera y Baden-Württemberg predominan los católicos. En el este, anteriormente comunista, la mayoría no tiene religión.
El término evangélico al que me refiero tiene un significado diferente al que nosotros conocemos en Ecuador. Allí se conoce bajo este nombre a las iglesias pentecostales y evangélicas libres (aquí en Hamburgo también hay algunas de ellas).
La iglesia evangélica alemana tiene su origen a partir de la Reforma en el siglo XVI de la que Martín Lutero fue precursor. También se la conoce como protestante.
El motivo por el que comencé este post es Margot Käßmann, hasta hace poco presidenta de la EKD, evangelische Kirche Deutschlands (iglesia evangélica alemana). Aunque conocía muy poco sobre ella me simpatizó inmediatamente por dos razones específicas: 1) Mujer. Sí, es cierto. Me agradaba mucho la idea de que una mujer estuviera al frente de una institución tan importante como la EKD. Cabe resaltar en este punto el pequeňo detalle de que a diferencia de la iglesia católica en la evangélica sí está permitida la ordenación de mujeres. 2) Divorciada. ¿A quién vamos a mentirle? El divorcio es parte de la sociedad aunque nos duela. A veces las relaciones no funcionan por más que ambas partes den todo de sí. No es que esté contenta porque Käßmann sea una mujer divorciada. Lo que pasa es que me llamó mucho la atención que no la privaran del cargo por ese hecho. En ciertos círculos conservadores eso no habría sido posible.
A mi manera de ver una “mortal” estaba al frente de la iglesia evangélica alemana.
Fue tan solo 3 meses después de asumir su cargo como presidenta de la EKD que tuvo que enfrentarse a una situación bastante complicada. El sábado 20 de febrero mientras conducía su auto de regreso a casa después de una reunión, la policía la detuvo tras pasarse una luz roja. La llevaron a la comisaría para hacerle el test de alcoholemia. Llevaba 1,4 por mil de alcohol en la sangre, cuando el mínimo permitido es 0,6. ¡Qué horror! ¿Qué le habrá pasado por el mate en ese momento a Käßmann? ¿Cómo pudo ser capaz de hacer algo así? Aún a sabiendas de lo irresponsable de su acto, yo rogaba en silencio que no renunciara a su cargo. Pero dado que se trata de un cargo tan importante que representa autoridad moral, estaba visto que lo más aconsejable sería que renunciara. Y así lo hizo. El miércoles siguiente presentó su renuncia oficial. En un comienzo lo lamenté pero después entendí que era lo mejor. Algunos sectores de la prensa incluso aplauden su actitud porque demuestra mucha entereza. En el semanario Der Spiegel sacaron un artículo poniéndola de ejemplo en comparación con otros políticos que habiendo cometido errores mucho más graves no renunciaron a su cargo en su momento: Bill Clinton tras su affair con Monica Lewinsky, Richard Nixon tras un escándalo en 1952 mientras era candidato a la vicepresidencia (se le acusaba de aceptar dubiosas donaciones de campaňa); Dieter Althaus, ministro presidente de Thüringen (este fue el culpable del choque que sufrió el 1 de enero del 2009 contra una mujer mientras ambos esquiaban en una pista en Riesneralm, Austria, que ocasionó que muriera la mujer). Ninguno de ellos renunció a su cargo. Nixon lo hizo muchos aňos después mientras era presidente, pero por otras razones (por el caso Watergate).
En casos como este vale recordar las palabras del filósofo danés Sören Kierkegaard: el hombre puede evadir su responsabilidad ante Dios mintiendo. Puede evadir la justicia escapando o engaňando. Pero de su propia conciencia no podrá huir nunca.
Enhorabuena por Käßmann que tuvo suficiente sangre en la cara para admitir su error y asumir la responsabilidad de sus actos.



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