El precio de la integración


¿Sabían ustedes que en Alemania se tiene por costumbre llevar pastel a la oficina cuando uno cumple años? O sea en lugar de que a uno le compren el pastel para homenajearle por ser el cumpleañero, a uno mismo le toca hacer el gasto.
Todos estos años eludí hacerme parte de la tradición so pretexto de que en Ecuador no se acostumbra a hacer eso. Bueno, decidí que ya era hora de integrarme y anoche me puse a hacer mi propio pastel. Hacía tanto tiempo que no horneaba nada. Todo mi depa quedó oliendo a cheesecake. :-)

Estuve maquinando cómo llevar el pastel a la oficina ya que soy de las plebeyas que anda a pata. Voy a la oficina en metro y de ahí camino un poco hasta llegar a la ofi. Por eso ayer fui expresamente a Karstadt a buscar un cosito para portar el pastel.

Al cruzar la calle en dirección a la oficina un colega simpaticón me saluda amablemente y al verme con el pastel me pregunta:
-¿Cargas un pastel acaso? ¿No me digas que es tu cumpleaños?- preguntó señalando el bulto aquel.
-Sí ¡En efecto!- contesté con sonrisa picarona. J
-¡Ahhh! ¡Entonces felicidades!

Muy amable me abrió la puerta para que pudiera entrar. Yo de lo más oronda, a sabiendas de que me estaba viendo, procuré contonear mis caderas al entrar para impresionarlo. Como para probarme que soy pésima en esas artes, ni bien entro, ¡sacasonapas!, se me cae el pastel. El aparatito que compré no resistió el semejante peso de mi creación (tecnología de punta le llaman) y uno de los seguros se zafó. El pastel cayó de lleno en el piso. Mi colega presuroso se agachó a ayudarme. Muy cuidadosamente recogimos el pastelito y lo colocamos de vuelta a su lugar para que pareciera que no había pasado nada. Por suerte sólo él y una mujer del correo que pasaba en ese momento vieron el incidente.
Yo estaba muerta de la vergüenza. El otro para hacerme sentir bien me dice “Acaban de limpiar el piso, nadie notará lo que pasó. Por cierto se ve muy rico.” :/

Entré a mi oficina y coloqué el pastelito bien bonito sobre una mesa de centro para que todos lo vieran. Estuve en mis adentros muerta de la risa toda la mañana (reír por no llorar). ¡Cómo me pueden pasar esa clase de cosas! Bueno, por lo menos no se me cayó el pastel en plena calle. Ahí sí me hubiera tocado dejar el pastel botado.

A eso del mediodía los colegas ya se habían acabado el pastel. Es que después de todo sí había salido rico el condenado. ¡Gracias Dr. Oetker!
Esos son los precios de la integración, jajaja!
Ya soy alemana pues. Ya es hora de que me adapte, ¿no?

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