Amor-odio
Viernes por
la noche, 2:05 am. Decidí no salir. Más bien estoy frente a la compu
escribiendo, cosa que hace mucho tiempo no hacía. En momentos como este
necesito poner otra vez los pies sobre la tierra. Es tiempo de detenerme, mirar
a mi alrededor y reflexionar sobre lo que me está pasando. Muchas cosas
importantes me han sucedido últimamente. Cosas sumamente positivas. Vale la
pena hacer un pequeño recuento y agradecer por todo lo bueno que me acontece.
El
detonante que me ha hecho tomarme tiempo para sentarme y escribir (cosa en la
que siempre pienso pero al final raras veces hago) fue una carta que recibí
anoche:
“Muy estimada Sra. Delgado Aumala, por favor acérquese el 21 de marzo a las 15:00 a la oficina arriba mencionada para recibir su certificado de ciudadanía.”
Oh Gott!
¡Me van a dar la ciudadanía alemana! Es algo que sabía que sucedería (apliqué
para obtenerla en agosto pasado). Pero debo confesar que nunca me puse a pensar
cómo reaccionaría cuando llegara el momento. No pensé que fuera a hacer alarde de ello, pero al final sí (es que siempre me cayeron mal algunitos que en situaciones como esta pregonaban muy orondos que se habían vuelto alemanes; bah!, como si eso fuera un mérito en sí). La verdad es que sí estoy muy contenta, eso está
claro, pero también confundida. Y hay muchas razones para ello.
Lo que pasa
es que mi relación con Alemania ha sido desde un comienzo una relación de
amor-odio. ¿Por qué? Ahora me cuesta dar una respuesta a esa pregunta. Si lo
analizamos friamente este país me ha dado todo. He aprendido alemán y sacado mi
título alemán en ingeniería pagando la irrisoria suma de 92 € por semestre en
una universidad estatal. Gracias a ello estoy trabajado en una corporación
desde hace 6 años. Para rematar hace 2 años la asociación alemana de ingenieros
me concedió una beca completa para realizar un MBA a la par del trabajo.
Ahora que
lo escribo son en verdad muchas y valiosas las oportunidades que se me han
presentado en este país. No crean tampoco que me la han puesto fácil (el
mercado laboral aquí es bien jodido y si uno no habla alemán fluido ni siquiera
te toman en cuenta) pero nunca he pasado las de Caín. Más bien he aprendido
mucho en estos últimos 10 años. Me atrevo a decir que este país me ha ayudado a
crecer.
¿Entonces
por qué el amor-odio? Supongo que tiene que ver con mi personalidad. Soy una
peleona de primera. Siempre me gusta llevar la contraria. Entonces resulta que
aquí me he topado con algunitos que se creen la mamá de tarzán y yo
lamentablemente me he valido de esas pocas oportunidades para decir que los
alemanes son arrogantes, que se creen superiores y blablabla. Es como el necio
al que tan sólo le gusta que le digan las cosas que quiere oir. No es que no
los haya (sí que los hay, aquellos alemanes que creen que la pueden tratar a
una de a menos por venir de Latinoamérica) pero creo que este asunto fue más
bien una predisposción mía. Siempre buscando excusas para verles las cosas
negativas a los alemanes, siempre llevando la contraria, siempre schlagfertig.
Y aparte súmele ese defecto que tenemos muchos de generalizar, como si todas
las personas de un país fueran iguales de por sí. Pero si aquí hay de todo como
en botica.
Una de las
principales conclusiones a las que puedo llegar después de llevar 10 años
viviendo aquí es que la gente en Alemania es muy parecida a la de Ecuador. Es
que los seres humanos lo somos independientemente de dónde vivamos, de dónde
provengamos. Nos parecemos mucho en todas partes del mundo. Los alemanes, así
como nosotros los ecuatorianos, tienen muchos defectos. Aquí la gente también bota la basura en la calle (los parques aquí, sobre todo en verano, pueden llegar a convertirse en basureros; la diferencia es que se limpian regularmente), aquí también hay periódicos parecidos a la Extra (bueno, sin destripados ni sangre, pero sí con
tetas e insulsas noticias de farándula), aquí también hay telebasura (absurdos
talkshows, telenovelas, Big Brother, Deutschland sucht den Superstar con
el pesado de Dieter Bohlen, Germany’s next top model y muchas tonterías televisadas
más) y un sinnúmero de cosas más que alguien que no vive aquí pensaría que no
se dan. Eso se debe a un error fundamental en nuestra educación en la que nos
pintan a los países como Alemania como si fueran Disneylandia con gente limpia,
ordenada, educada y muy inteligente. Pero no es necesariamente así. En realidad
somos bastante parecidos. Incluso yo soy de la convicción de que el ecuatoriano
promedio es más inteligente que el alemán promedio (estoy convencida de eso).
Yo más bien
creo que una de las diferencias primordiales es que aquí la clase media es
mucho más acomodada que la nuestra y esa comodidad les permite un mayor grado
de educación y cultura. Porque es así como funciona. Nuestra clase media no es
acomodada. ¡Es que no hay una clase media en Ecuador como la de aquí! Nuestra
clase media tiene necesidades distintas y por esa razón es que en mi país no
hay ese Bürgertum tan representativo que es el que hace a Alemania
poderosa. Pero esa burguesía también puede llegar al extremo de protestar
durante meses si se quiere construir una moderna estación de trenes en
Stuttgart o un nuevo teatro filarmónico en Hamburgo (cualquiera pensaría que
están en contra de nueva y mayor infraestructura) o de bloquear las rieles por
donde debe pasar un tren con desechos de plantas nucleares (generados en parte
gracias a ellos mismos), o de protestar por el maltrato que sufren los pollitos
en sus criaderos (¿?). Es lo que digo, tienen otras necesidades. Se plantean
otras prioridades. Se pueden dar el lujo de protestar por esa clase de cosas.
Por esa clase de Luxusprobleme.
Voviendo a
lo del amor-odio, ¿por qué, ah? ¿Son esos Luxusprobleme acaso? Mejor me planteo
la siguiente pregunta. ¿Soy feliz aquí? Sí y no. En momentos como este me
siento muy a gusto pero en otros me gustaría salir corriendo de aquí. Por un
lado el clima gris. Y por otro lado la gente. Miren, la verdad es que los
alemanes no se caracterizan precisamente por ser amigables o querendones. A veces me da la impresión de que la palabra Warmherzigkeit no existe en el vocabulario alemán. En una
ocasión cuando me agarró una de mis crisis existenciales pude entender por qué
los turcos no se han podido integrar a esta sociedad del todo. Hay como 3
millones de turcos en Alemania y entre ellos hay grupos representativos que
prefieren darle la espalda a la sociedad alemana. ¿Por qué se da eso? Yo se lo
atribuyo en parte a esa percepción de a veces hasta desprecio que uno como
extranjero recibe aquí. No es que necesariamente te traten mal. ¡Es que ni te
tratan! A veces hacen como si uno estuviera pintado en la pared. Si te caes
pueden llegar al punto de pasar por encima tuyo. A nadie le importa lo que
hagas o dejes de hacer. Eso es bueno y malo. Bueno porque puedes hacer lo que
te de la gana, tienes absoluta libertad. Nadie se mete en tu vida. Pero malo
porque pueden pasar días en los que no intercambies palabra con nadie. ¡Es
fatal! Y hay quienes lo toman a mal como muchos de esos turcos o como yo misma.
Recién ahí fue que más o menos entendí lo que ellos sienten. Entendí el rencor
que le tienen a este país.
Encontes
¿qué mismo? ¿Te gusta o no te gusta? Es que precisamente de ahí viene al amor-odio porque me
gusta y no me gusta a la vez. Y ahora que voy a recibir la ciudadanía me
planteo esa pregunta con más insistencia. Pero también me digo que ya estoy
harta de quejarme. No puedo seguir así, hablando mal de este país que me ha
dado tanto. Por eso digo que estoy confundida. La noticia esa de la ciudadanía fue como una
señal de que debo dejar de ser tan altanera. Es hora de bajar la voz y respetar
un poco a esta sociedad. Ellos son lo que son. Son una cultura diferente. Y si
en verdad no me gusta tengo dos opciones: o me las aguanto o me voy.
Antes de comenzar el MBA no daba un centavo por
Hamburgo. Me quería ir, quería un cambio. Luego vino la beca y la vida en esta
ciudad volvió a tener sentido. Pero ahora que el MBA está por terminarse siento
que debo tomar una decisión. Cuando lo acabe las cosas van a cambiar. Algo me
dice que aquí no me voy a quedar, pero cuando me planteo bien en serio la
posibilidad de irme me da miedo. ¡Uf! No sé que pasará.
Una mezcla entre Schweinsteiger y Felipao, jajajaja!
Para ser sincera, preferiría mucho más ser como Felipao. :-)



Comentarios
una tia fue a hace unos años a visitar a mi prima en frankfurt porque recien habia nacido su nieta; la verdad le molesto que cuando iba en el tren con las compras del supermercado y el coche de la bebe se le hacia dificil salir y nadie le ofrecio ayuda a coger las fundas; nos conto eso con mas ahinco que los trenes y los parques y todas las cosas modernas de alemania.
ahora entiendo y tambien lo q dices de las colonias como los turcos; la otra vez se publico un libro de un politico sarrazin en que les daba duro porque tienen todo su exito edconomico por alemania y no se quieren integrar porque por ejemplo no saben aleman.
lo q los turcos , latinos y otras minorias quieren es amor , comprension y ternura ;) o por lo menos el saludo
saludos
Lo que debería combatirse es que el Estado termine manteniendo a gente que se niegue a trabajar aun pudiendo. Ya van varios casos que conozco de esa clase y no son precisamente extranjeros.
Cuánta razón tienes. Lo que uno quisiera es afecto pero es muy difícil conseguirlo. Aquí la gente es bastante fría. Y en el norte de Alemania es aun peor.
Un abrazo!
Micaela